lunes, 31 de marzo de 2008
Dr. Gaspar Baquedano López
Temas de reflexión
Vivimos en un mundo de ilusión embotados en las más diversas fantasías apoyados en el bastón de nuestras creencias. Buscamos alguna forma de seguridad que permita conciliar el sueño y seguir pensando que, a pesar de todo, somos felices. Por todos los medios evadimos mirar de frente nuestra realidad porque sabemos que eso acarrearía el inevitable compromiso con nosotros mismos. Tememos confrontar nuestra fealdad interior. Preferimos la oscuridad de la ignorancia desconociendo nuestra propia persona, pues de esta manera alimentamos la fantasía de que “todo está bien”, a pesar de que día a día nuestra angustia se torna intolerable. En el intento por disimular tanta frustración acudimos al templo, a libros, escuelas y a los “eruditos”, coleccionando títulos académicos en pos de una seguridad ficticia. Estudiamos de todo y estamos dispuestos a invertir esfuerzo, tiempo y dinero para obtener un diploma que haga constar que conocemos determinadas destrezas o habilidades. Sin saberlo entramos al juego del autoritarismo que determina quién es inteligente y quién no, quién es importante, feliz, infeliz, exitoso o fracasado. Vivimos extraviados en la más dolorosa ignorancia: el desconocimiento de nosotros mismos.
En Busca del “Éxito”
Una vez obtenido un diploma sentimos que ya somos “expertos” en algún fragmento de la realidad y de ahí al dogma hay tan sólo un paso. Nos aferramos a los conocimientos adquiridos pues nos hacen sentir importantes e incluso inteligentes, y miramos por encima del hombro a los “ignorantes” que no saben lo mismo que nosotros, es decir, a los que no comparten nuestros dogmas.
¿Es de esta manera como podremos salir de la ignorancia, por qué creemos que la educación convencional proporciona los elementos necesarios para salir de la oscuridad en la que vagamos extraviados? La simple adquisición de conocimientos, la memorización de los mismos o la ejecución de técnicas y destrezas ¿nos harán más inteligentes? A todo esto que llamamos “una educación sólida” le hemos dado un peso extraordinario y por ello, poseer un título de algo, es motivo de comercialización como lo revelan la proliferación de academias y de cursos de cualquier cosa. Es así como surgen cursos, universidades o lo que sea ofertando sabiduría e importancia que rápidamente consumimos. Es fuente de infelicidad el no sentirse aceptado en alguna universidad o grupo “intelectual”, sentimos que no somos nada si no formamos parte de algún grupo al que otorgamos la capacidad hacernos sentir importantes. De lo que se trata es de no quedarse atrás, de “progresar”, aunque nosotros mismos desconozcamos que queremos decir con todo eso. Deseamos un papel que nos ayude a obtener el “éxito” ofertado por las estructuras del poder. Son estas estructuras autoritarias las que determinan quién es un triunfador y quién no lo es. ¿Nos hemos detenido a indagar de dónde salen estos criterios con los que somos calificados y con los que clasificamos a los demás? Rara vez lo hacemos y en vez de eso, optamos por la comodidad de quien no quiere saber. Preferimos dormitar plácidamente en la oscuridad de nuestra mente y continuar extraviados en la ignorancia.
Despiertos y Alertas
Es indudable que es necesario saber leer y escribir para comunicarnos con lo que nos rodea. De la misma manera, es importante comprender los fenómenos básicos de la naturaleza, como por ejemplo la rotación de la tierra, el movimiento de los astros, los eclipses, las matemáticas, la física, la biología y demás conocimientos que permitan captar las leyes de la materia de forma total, sin fragmentaciones ni divisiones ficticias. Por supuesto que entender todo eso es necesario y útil. Pero el punto medular es que nos hemos extraviado en la búsqueda del conocimiento y, en esa marcha errática y confusa, nos hemos alejado de nosotros mismos.
Para comprendernos a nosotros mismos hay que estar alerta a nuestras relaciones, no solamente con las personas que nos rodean sino con cosas, situaciones y, de manera especial, con nuestras creencias. El descubrimiento de la manera como nos apegamos a cosas, personas e ideas puede permitir una comprensión de calidad diferente y, con ello, lograr un cambio de perspectiva radical en la manera de mirarnos a nosotros mismos y lo que conforma nuestra realidad. Comprender nuestra ignorancia es el principio de la revolución interior. Este estar despierto y alerta es un trabajo permanente que consiste en estar aquí y ahora, sin las sombras del pasado, ni los miedos del mañana. Vivir en permanente estado de observación podría parecernos tarea ociosa, absurda e incluso imposible, porque hemos creado una cultura que proporciona distracciones diversas. De hecho, todo lo que entretenga es objeto de consumo. Además, es probable que tengamos la idea de que este permanente estado de observación únicamente pueden lograrlo quienes se retiran a un desierto o a una cueva para “meditar”, concepto que hemos manoseado y distorsionado.
¿Qué es Meditar?
El significado profundo de la meditación es justamente la observación intensa de uno mismo, sin distracciones ni extravíos y este trabajo no requiere de pose alguna, técnica, postura o religión. Meditar es un estado de reflexión cotidiana, activa, dinámica y permanente. Desde esta perspectiva, es posible meditar observándonos en cada momento de nuestra vida: en la calle, en el autobús, con los amigos, con la pareja, los hijos, en el trabajo o en la diversión. Meditar es observarse a cada instante trabajando y construyendo nuestra libertad interior. Meditar es captar la eternidad del instante. Lamentablemente, eso que llamamos “meditar” se ha convertido en un acto de obediencia hacia quien nos enseñe cómo hacerlo. Al seguir la autoridad de quien nos diga cómo debemos meditar renunciamos a la libertad y lo más que podremos conseguir es un alto grado de obediencia, cumpliendo fielmente las indicaciones de quien nos diga cómo hacer las cosas.
La observación y el estudio de uno mismo (llámese meditación o como queramos) es esencialmente un acto de libertad. Es un mirarse sin introducir juicios, valores ni la autoridad de cómo deben ser las cosas, del cómo debemos vivir. Es un profundo acto de rebeldía porque no sigue autoridad alguna y, por ello, la comparación pierde todo sentido. Cuando comparamos creamos un conflicto porque establecemos un patrón o medida a partir del que nos calificamos. Observarse sin comparación alguna es adentrarse a nuestra verdadera esencia. Si únicamente nos observamos sin introducir idea alguna, veremos desfilar nuestros propios pensamientos: el qué dirán, apegos, temores, inseguridades, envidias, conflictos, las ansias de tener para ser.
La Investigación de
Uno Mismo
Si observamos para juzgarnos somos moralistas y entramos al reino del “deber ser”, de la ficción que se construye en torno a lo que suponemos que los demás esperan de nosotros. La comprensión y el estudio de uno mismo es un trabajo de calidad que se aparta de lo que se impone en nombre de la “normalidad” o de la “moral. La investigación de uno mismo pone al descubierto que los prejuicios acerca de la “decencia” y las “buenas costumbres”, no son otra cosa que la institucionalización de la hipocresía. Entendernos a nosotros mismos implica comprender que en nuestra vida no existen caminos equivocados o correctos, ya que eso nuevamente implicaría que hay una autoridad que nos dice cuál es el “buen camino” del que nunca debemos apartarnos.
Investigarse implica percibir que hay varios caminos, muchos más de los que nuestros estrechos y limitados conceptos de la vida habían visto anteriormente. Explorarse revela que cada quién es libre de elegir el camino que desee aunque vaya en sentido opuesto a nuestras ideas. En la comprensión de la diversidad hay unidad y, esto, solamente es posible si estamos dispuestos a crear y a percibir dimensiones agudas e inteligentes. La percepción de la gran diversidad de caminos y formas de vida puede ser el comienzo de nuestra libertad; puede ser el principio de una nueva manera de mirarnos a nosotros mismos y la manera como nos relacionamos con personas, cosas, situaciones e ideas. Puede ser, en una palabra, el inicio de nuestra iluminación, de la revolución interior.
La Iluminación
En medio de la confusión que hemos creado, utilizamos palabras y conceptos sin detenernos a indagar qué es lo que realmente queremos decir. Una de estas ideas que a menudo es objeto de distorsión, es lo que en algunas culturas y religiones orientales se conoce como la “ilumina nuestro escaso contacto con estas ideas o quizá porque nuestro prejuicio las llama “paganismo”, dejamos de lado perspectivas que pueden aportar otras formas de comprendernos. Pudiera ser que la palabra “iluminación” provocara una que otra sonrisa sarcástica e ignorante. Pero también, tal vez en nombre de la “iluminación” abracemos fanáticamente fragmentos de alguna ideología o religión, sin tomarnos el trabajo de estudiar las ideas de fondo. Como parte de ese fanatismo, es común adoptar poses y actitudes superficiales sin sustento y comenzar a actuar como imaginamos lo haría un “iluminado”.
Iluminarse es comprenderse profundamente a uno mismo y, en esa comprensión, se percibe a los demás y lo que nos rodea como una totalidad, sin fragmentaciones ni parcialidades. Iluminarse no es en modo alguno un acto “milagroso”. Iluminarse no es tampoco una acción individualista que aísle de los demás por haber obtenido alguna forma de “espiritualidad elevada”, “santidad” o “sabiduría”. Para iluminarse no tenemos que ir a un monasterio, realizar algún tipo de disciplina (que es una forma de autoridad sobre nosotros) o dejar de comer determinadas cosas “tóxicas”. La iluminación no es exclusiva de nadie.
Todas estas prohibiciones absurdas son formas de control que curiosamente deseamos sobre nosotros, pues en ello encontramos alguna forma de seguridad. Deseamos un poder que nos controle para sentir protección y tranquilidad. Abandonarse a algún “poder superior” es a la vez que cómodo ficticio pues si las cosas no salen bien, ya no es nuestra responsabilidad. La iluminación, la comprensión de nuestra ignorancia, puede dar inicio a la revolución interior.
Unidad en la Diversidad
La iluminación entendida como un acto revolucionario nos une con todo lo demás. Lejos de tratarse de declaraciones románticas o poéticas, al iluminarse, es decir, al percibirse a uno mismo sin fragmentaciones, nos unimos a los demás de manera afectiva y efectiva. Este despertar permite comprender que el mundo y nosotros somos lo mismo. De esta manera se desarrolla un alto grado de conciencia y solidaridad colectiva muy diferente a la demagogia que tanto fascina al ignorante. Este nivel de conciencia produce una enorme responsabilidad que no siempre estamos dispuestos a asumir y, por ello, la evitamos o de plano negamos prefiriendo la oscuridad de nuestra ignorancia.
La iluminación no se otorga ni se logra a través de rezos o con la repetición de frases automáticas: es la percepción atenta y despierta de nuestra vida cotidiana, observando los movimientos de nuestros pensamientos y emociones a cada momento, en el hogar, con la pareja, los hijos, los amigos, en la calle, en el trabajo, en la diversión, en el dolor, en la risa, en el llanto, en la soledad o en la compañía. Meditar e iluminarse son parte intrínseca del proceso que vive un espíritu revolucionario.
La Oscuridad
La densa oscuridad en la que vivimos nos hace ignorantes a pesar de todas nuestras enciclopedias o colección de diplomas. Esta oscuridad es la que hace sufrir pues ahí habita el fantasma del temor. Tememos perder algo que sentimos indispensable, algo que encarna nuestras necesidades y que ficticiamente sentimos nuestro: una persona, cosas, ideas, posición social o material, poder, fama, la seguridad para el mañana.
El trabajo a realizar si somos espíritus rebeldes, es emprender la transformación de nuestras personas y pasar de un estado de confusión a un estado de claridad con nosotros mismos. Esto implica necesariamente despertar e involucrarse con lo que nos rodea. Esta transformación implica la comprensión de los apegos y necesidades que son la raíz del miedo que tortura de día y nos asalta cuando dormimos. La luz que disipa la oscuridad de nuestra ignorancia es una profunda revolución en la manera de concebirnos a nosotros mismos, al igual que en la forma de relacionarnos con lo demás. Esta revolución significa la terminación drástica de nuestros temores. La decisión de salir del reino de las tinieblas que conforma nuestra ignorancia es personal pero, si nos atrevemos, esa determinación involucrará necesariamente todo lo que nos rodea. De esta manera, estaremos dando inicio a la transformación personal y colectiva tan anhelada y que todos merecemos.
(Disponible en Internet http://baquedano2.tripod.com)
baquedano@yahoo.com
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