martes, 1 de abril de 2008

Los Itzá del Petén, Guatemala

martes, 01 de abril de 2008
“Cortaron nuestras ramas talaron nuestros troncos mataron a nuestros abuelos pero no pudieron arrancar nuestras raíces”.

Edgar Rodríguez Cimé

“Los mayas fueron unos auténticos sabios. Su descubrimiento del cero antes que cualquier otra civilización y su calendario perfecto, en comparación con el inexacto gregoriano, los coloca a la altura de las civilizaciones antiguas más importantes de la humanidad”, dijo Noam Chomsky, intelectual norteamericano, ante el auditorio repleto.
Cuando el viejo Sam Bush escuchó lo dicho por el filósofo en la conferencia, quedó realmente impactado con los mayas: “pueblo de sabios matemáticos y astrónomos”. Entró al auditorio por no tener nada que hacer, y el comentario acerca de esta civilización le había cambiado la idea sobre las culturas antiguas.
Fue tal su asombro por esta cultura, que decidió pasar sus próximas vacaciones en México. Sin embargo, en ningún momento pensó en informarse sobre el tema, porque sencillamente odiaba la lectura. Del periódico sólo le interesaban los deportes: fútbol americano, béisbol, básquet (en ese orden), y las únicas revistas que compraba eran pornográficas o comics.
Como era sábado, decidió ir a una agencia de viajes para buscar folletería acerca de esta antigua civilización que lo dejó asombrado. Sencillamente, le resultaban difíciles de creer las muestras del alto nivel de sus conocimientos científicos, comentados en la conferencia.
Algo resultaba notorio: era la primera vez que el viejo Sam sentía interés por una cultura distinta a la suya. Su acendrado chovinismo le llevaba a considerar a su país, Estados Unidos, como el centro del universo, y a los norteamericanos anglosajones, como “los más aptos para decidir el rumbo del mundo”.
Camino a la agencia de viajes, se acordó de su última inquietud: cada domingo, cerca de la estación Mission del Metro, le llamaban la atención los singulares migrantes que, en un número cada vez mayor, veía en Mission District, en la parte vieja de San Francisco, California, comiendo en un puesto callejero: cocineros, lavaplatos o meseros, diferentes a él en estatura, color, idiosincrasia e, incluso, idioma.
En los últimos años, el viejo Sam -a quien siempre le preocuparon las migraciones de las minorías étnicas en su país- empezó a ver con desconfianza a esos sujetos morenos de lengua extraña aumentando en número cada vez más, haciendo de Mission District el lugar escogido para su “invasión” en suelo norteamericano.
“¡Bastards!” (¡bastardos!), acostumbraba decir para sí en su idioma, despotricando contra latinos, orientales o africanos, a quienes veía como amenazas para la seguridad de su país.
Primero fue la 14, luego la 16 y después Capp y Mission Street, las calles donde fueron aumentando su sepia presencia los individuos “toscos y de nariz aguileña”, de “extrañísimo” idioma.
Cada vez que, por necesidad de su trabajo (laboraba en un restaurante de comida rápida de ese barrio), pasaba por el Metro Mission, veía “moros con tranchete” cuando pasaba la vista sobre el grupo, cada vez mayor, de los migrantes bajos y morenos.
Aún recuerda aquel domingo cuando, a las puertas del Metro, se acercó al montón de gente de ese barrio, arremolinados en torno al puesto callejero de comida. Le desagradó observar las bocas llenas de comida y la grasa amarillenta en las comisuras de los labios de varios de ellos. Sintió náuseas al verlos devorar torta tras torta del grasoso alimento: cochinita pibil.
Tratando de olvidarse de su fobia racista contra aquellos migrantes, comienza a imaginarse la maravillosa grandeza de los “antiguos mayas”, recordando el discurso escuchado momentos antes:
“Esa bajada de la serpiente Kukulkán debe ser una maravilla”, pensaba para sí, mientras contemplaba las viejas casas de madera, típicas de este antiguo barrio, hoy convertidas en tiendas, bancos y almacenes.
Cruzando la calle 16 con Missión Street, cerca de la estación del Metro, se sorprende con los gritos y ademanes del, ahora sí, enorme contingente de la “extraña minoría”. Son cerca de cien y están enfrentados en dos bandos; algunos blanden botellas vacías como armas; otros se ven, notoriamente, alcoholizados.
En ese momento, uno de los más jóvenes de uno de los bandos, se lanza contra los otros pero es parado en seco por un sonoro descontón en pleno vuelo. Entonces comienza la discusión entre los cabecillas de los dos grupos.
Entre los gritos y empujones, bastó un sonoro ¡Pelaná! (insulto en maya) para iniciar la batalla campal entre el gentío ebrio, en la puerta del Metro Mission; en pleno centro de San Francisco, California; todos ellos parte de los cinco mil habitantes del Mayatown.
Al viejo Sam jamás se le pasó por la cabeza que aquellos raros sujetos, enfrentados violentamente entre vapores del alcohol e insultos en un idioma ininteligible, eran “los representantes vivos” de la cultura antigua que momentos antes le dejó deslumbrado: los mayas.

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