lunes, 30 de junio de 2008
Cuando está curando se concentra como un adulto invocando al u puksiikál ik’o’ob (corazón de los vientos) y sólo vuelve a ser niño cuando acepta el pago de su trabajo mediante una golosina o juguete / Tengo que pasar tu dolor a mi cuerpo para poder curarte, después mi papá me santigua para quitármelo, dijo en su lengua maya Carlos Samuel, de 10 años, de Ichmul, Chikindzonot.
La tarde era lluviosa, el cielo estaba ennegrecido con nubes que parecían a punto de desbordarse, y bajo el monte que colinda con el patio de una humilde casa un niño de apenas 10 años de edad buscaba entre la maleza tres tipos de hierbas que le servirían para una curación.
El pequeño Carlos Samuel salió del monte y se dirigió a su casa, donde lo esperaban sus padres y hermanos, llevando entre sus pequeñas manos las hierbas con las que prepararía una medicina que quitaría algún dolor.
Al llegar a la humilde casa don Feliciano, papá de Carlos Samuel, junto con cinco niños y una señora, salieron a recibirnos, y al final lo hizo, cautelosamente, Carlos Samuel, quien se dedicó a mirarnos.
Platicamos con don Feliciano de diferentes temas muy importantes, de los que hablaremos en otro artículo, tomando de vez en cuando la palabra el niño, dándonos su opinión de una manera muy seria mientras que los otros jugaban.
Carlos Samuel salió de su adulta seriedad durante la plática con su papá, cuando se dio cuenta de la cámara que le mostrábamos a sus demás hermanos; sólo entonces rió mientras miraba las imágenes en el aparato.
La plática con esta familia la realizamos en su idioma materno, la maya, ya que el español, como la mayoría de los pobladores de esta comunidad, casi no lo hablan. Desde luego que la maya que pronuncia la familia de Carlos Samuel tiene un sonido y un acento de respeto, de belleza maya que entendíamos con dificultad a pesar de creer que hablamos bien este idioma; nos imaginamos que es el tono de la maya que pronunciaban nuestros antepasados.
El niño curandero de Ichmul
Antes de abordar el tema central con Carlos Samuel platicamos con él de sus clases. Nos dijo que tiene 10 años, que estudia el tercer año de primaria y de sus amigos.
Respondió con el ánimo y entusiasmo de un niño que vive su mundo como todos los del medio rural, lo que hizo que nos diera confianza, incluso le regaló a mi compañera un envoltorio de papel periódico con algo dentro que mi compañera no quiso abrir pronto.
Al niño lo invitamos al siguiente diálogo.
Reportero.- ¿Como se llaman estas hierbas?
Carlos Samuel.- Cambia su faz, mira hacia el pequeño altar en donde están asentadas las hierbas, de pronto comienza a decir unas palabras como rezos, menciona a los vientos de los puntos cardinales, al del xaman, noojol, chik’in y lak’in iik’ (vientos del sur, norte, poniente y oriente). Sólo unos segundos después se dirige hacia nosotros; entre sus pequeñas manos tenía las hierbas, las cuales nos muestra diciendo con toda seguridad mirándonos a los ojos, son muchas las clases de hierbas que curan cada dolor, ésta se llama pe’et k’iinil, es para el dolor de cabeza; a muchas he curado con esta hierba, a otras no, porque a veces no hace efecto y no porque no sirva sino porque el cuerpo noaz lo acepta, o sea, la hierba no le hace nada, entonces se necesita otro tipo de preparado de hierbas.
Reportero.
¿A quién curaste en especial?
Carlos Samuel.- Yo no sabía curar pero siempre he observado cómo lo hace mi papá, entonces primero comencé a conocer las hierbas, a seleccionarlas y a sembrarlas, pero también he aprendido que lo más importante es creer que Dios te va a ayudar a curar y con ayuda de los dioses de los cuatro vientos tienes que pedirle permiso a los dioses de la curación y aun así yo como soy un niño para que yo te quite un dolor, ese dolor se me tiene que pasar, yo también lo tengo que sufrir y de veras que duele, pero eso me lo quita mi papá santiguándome con las hojas de xniibché y sinanché; ya después tanto a la enferma como a mí se nos quita el dolor.
Una de las primeras señoras a la que curé –siguió explicando— es Nico; ella vino por ver a mi papá para que la curen, pero él no estaba porque fue a un trabajo en Carrillo Puerto. La señora estaba que lloraba de dolor, entonces yo le dije que podía curarla y ella me miró mucho y casi molesta me dijo, pues cúrame, la senté en el banquillo, rece pidiendo la presencia de los dioses para que me acompañen, con mis manos comencé a localizar en dónde estaba el dolor, la sobé un poco, la pinché alrededor de su cabeza con los espinos del sinanché, después la froté con las hierbas que ya había preparado, le dije que cerrara los ojos para que se concentre en que se le quitara el dolor y después le amarré la cabeza con un pañuelo rojo.
Cuando terminamos la señora me miró mucho y me dijo que ya se le estaba quitando y yo le contesté que en una hora ya no tendría nada, esperó un rato aquí en mi casa y hasta que ya no le dolía la cabeza se fue.
Reportero.- ¿Cuánto cobras por cada curación?
Carlos Samuel.- Los que he curado que son de aquí me regalan una marquetita de hielo o un saborín, algunas veces unos dulces o galletas, pero a mí me sirve de mucho porque compruebo que hago bien las cosas y me doy confianza.
Reportero.- ¿Seguirás aprendiendo?
Carlos Samuel.- Quiero ser uno de los mejores curanderos, mejor que mi papá, porque él me dice que seré mejor; él me enseña aunque al principio sólo yo espiaba cómo lo hacía, a veces me escapaba para ir tras de él en el monte y ver dónde agarraba las hierbas, cómo eran.
Es bonito curar, se siente bien cuando le quitas el dolor a una persona, por eso seguiré aprendiendo y lo que más quiero es ser igual que mi papá, curando las picaduras de culebras, porque así le salvas la vida a las personas, concluyó Carlos Samuel.
Carlos Samuel, me puedes curar algo que me duele, le dijo al niño curandero mi compañera en forma de despedida, y mientras corríamos al coche, ya que la lluvia comenzaba a arreciar, el niño le contestó qué te duele, me duele dejarte, le dijo.
El niño quedó callado mientras sus padres nos hacían la mano despidiéndonos, y al poner en marcha nuestro vehículo el niño curandero dijo en voz alta, en el envoltorio está tu medicina, sólo huélela profundamente.
Podemos hablar de otros curanderos que conocemos en el Estado, pero es difícil encontrar a un niño, como Carlos Samuel, de apenas 10 años, que ha demostrado a través de sus curaciones el don de aprender a ser un gran médico tradicional, y en niños como él se sostiene nuestra cultura para que en el futuro se siga hablando de nuestro gran pueblo maya.
(Fotos y texto de José Luis Quintal Catzín y Tere Luisa Chan Pool)
http://www.poresto.net/content/view/21552/43/