miércoles, 9 de julio de 2008

Cuando escribo (d)estilo mieditis (Ed.)

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Según Flaubert, el estilo es un modo absoluto de ver al mundo. Y entre el estilo perfecto y la incontenible energía, ya se imaginarán qué prefería Flaubert. Tener estilo es señorito.
5-Julio-08

Según Flaubert, el estilo es un modo absoluto de ver al mundo. Y entre el estilo perfecto y la incontenible energía, ya se imaginarán qué prefería Flaubert. Tener estilo es señorito.

Estilo es mesura. Prisionero contento.

Para Adorno, el jazz es una típica libertad gringa. Arte con lo precario, el jazz obedece, simula flujo ilimítrofe, operando dentro de estrictos diques (que cree vastos): éxtasis de esclavos. Este adornismo, por cierto, me ha costado amistades. Así, el estilo es la elegancia de los constreñidos por los géneros literarios.

Todo estilo tiene mucho de perro de circo.

Uno no coge con estilo. Si uno coge con estilo entonces no coge. El estilo aparece cuando hay contención y como habitamos una civilización que aplaude el autocontrol, cuando hoy se lee a alguien con estilo, los restringidos se desmayan de emoción, como las chicas británicas antes se desmayaban ante los Beatles.

Estilo es ahorro: contención: mecanismo. Estilizar, incluso sintácticamente, nos torna predecibles.

“Hoy todos los escritores son estilistas… El estilista es un incansable Narciso literario que busca en toda linfa su propia imagen… compone su figura con previsión de linfas que la reflejen… convierte en espejo todo lo que mira y, al no lograr aburrirse de sí mismo, engendra el hastío en los demás… consiste en fabricar una actitud del sujeto perpetuamente repetida”. Ortega y Gasset tenía razón.

Estilista es quien siempre responde del mismo modo, y en todo tema, reincide su manera: su forma fija de ver las cosas. El estilo es signo de empobrecimiento. Se opone al entusiasmo, al salto. Léase un estilo —en México todo mundo tiene uno, a tenerlo se reduce la carrera del buen ensayisto— y se verá a alguien que cree que basta tener estilo para escribir de cualquier nadería sin tener una sola idea verdadera, una sola propuesta de interpretación.

Ortega, en realidad, se quedó corto. Estilo es narcisismo, sí, pero es algo aún más penoso. Estilo es miedo. Cuando un escritor tiene miedo de explotar en la página, extraviarse, enloquecer y sacar todas sus voces, cuando teme desvariar, salir de sus bípedas rutinas y pequeñas paranoias, esas autoacusaciones puntuales que le indican que está escribiendo desordenadamente, que no está escribiendo como siempre lo hace —así de Bien—, entonces, detiene el caos con estilo: compostura.

(¡Enderécese, muchachito!)

Estilo: pavor a salir de sí mismo.

Y es que si un dios, por accidente, hablara con nosotros, les aseguro que no hablaría con estilo, sino con una voz potente o, más bien, vario viento bizarro, gutural gorjeo orgiasta, de la que no sólo no saldría una voz coherente sino que de tal boca plena emergerían centenares de simultáneas voces salvajes.

Fueron los dioses los que crearon la gran barbarie. Aterrados de ella, nosotros, urdimos el estilo.


heribertoyepez@gmail.com

Heriberto Yépez
http://www.milenio.com/suplementos/laberinto/nota.asp?id=639249