lunes, 14 de abril de 2008
Dr. Gaspar Baquedano López
Temas de Reflexión
Una de las formas como nos identificamos ante los demás es al través de lo que creemos. Nuestras creencias se convierten en una especie de tarjeta de presentación: “creo en la paz”, “en la reencarnación”, “en Dios”, etc. Si alguien no profesa algún credo, o milita en determinado partido o ideología, es probable que se sienta desubicado, incómodo y fuera de lugar. Nuestras creencias están muy ligadas a la idea que tenemos sobre nosotros mismos, y sin ellas corremos el riesgo de sentir que no somos nadie y que estamos vacíos. A pesar que añoramos la libertad espiritual que ofrecen ciertas creencias estamos atrapados.
¿Por qué no averiguar la necesidad de abrazarnos a alguna creencia? ¿Qué partes profundas de nuestra personalidad tocan las creencias, que hemos hecho de ellas algo indispensable en la vida?
A pesar de que la vida cotidiana nos muestra la confusión y el conflicto que producen las creencias, aún así, seguimos dándoles un lugar privilegiado. Observemos la gran diversidad de creencias que hemos constituido: políticas, ideológicas, religiosas, filosóficas, nacionales, partidistas, etc. Pero sobre todo, miremos la rivalidad que generan, y algunas de ellas han tenido el poder de desatar guerras, invasiones y exterminios. Esta violencia se realiza con la firme convicción de que se hizo lo correcto, de que se actuó según una creencia, y hasta por ello, podríamos ser merecedores de honores y medallas.
En este vuelo a la libertad que todos nos merecemos es urgente indagar ¿Es posible librarnos del peso de las creencias? La pregunta va al fondo del asunto, porque no se trata de cambiar una creencia por otra que consideremos “mejor”, sino de estar completamente libres de creencias, lo cual implicaría una revolución interior, ya que nuestra actitud y el sentido de nuestra vida experimentarían una transformación radical. Dejaríamos atrás lo que atrapa y cancela nuestro proceso creador.
Veamos esta cuestión con esmero. La creencia, está construida sobre la necesidad de sentirnos seguros y protegidos por “algo”, una idea, un doctrina, o lo que sea. Al través de las normas que tiene toda creencia sentimos algún tipo de seguridad y de guía, pues de lo contrario tendríamos que caminar por nuestro propio pie. Y desde luego, bajo la propia responsabilidad y riesgo. En otras palabras, la aceptación de una creencia sirve para ocultar temores a no ser nadie ni nada, a evitar la soledad pues produce una ficticia sensación de compañía. Miremos con detenimiento a quien se ufana de pertenecer a alguna creencia. Su espíritu está repleto de dogmas, afirmaciones, lemas, leyes, etc. ¿Es esa una mente inteligente y creativa?, o bien, se trata de una mente que repite cosas que “aprendió”, que pertenecen al pasado y que son por lo tanto un tipo de conocimiento viejo.
Fantasías
Una de nuestras fantasías favoritas con relación a las creencias, es que por medio de ellas conseguiremos “éxito”. No podemos imaginar nuestra vida sin ellas y mucho menos sin éxito. Este llegará si creemos lo que dicen las personas que consideramos con influencia moral, si creemos lo que enseña una Universidad de “prestigio”, etc. Si adoptamos las creencias de los demás nos sentimos seguros, aceptados y eso genera un sentimiento de comodidad social. Por eso admiramos a quien consideramos de “creencias firmes.” Estas ideas de verticalidad y honestidad atribuidas a las personas de “creencias firmes”, han propiciado más de un desencanto, fraudes, pleitos y demandas, cuando traicionan nuestra fe en ellos. Pero quizás lo más doloroso para nosotros, es que sentimos que se burlaron de nuestra necesidad de creer.
Un asunto de fondo en este proceso revolucionario es la comprensión que podamos lograr sobre nosotros mismos, que no es otra cosa sino la búsqueda de nuestra realidad. ¿Podemos conocernos y comprendernos a nosotros mismos si vivimos en una creencia? Las creencias de cualquier tipo se convierten en una especie de lentes con las que miramos el mundo y a nosotros mismos, pero que fueron confeccionados con las ideas, necesidades, intereses y valores de otros, particularmente de quienes ejercen el control social.
Al través del lente de una opinión miramos, juzgamos y decidimos lo correcto y lo incorrecto, lo que debe de ser y lo que no, de acuerdo a los criterios e intereses de quienes confeccionaron la creencia que ahora adoptamos. Ya no nos miramos a nosotros mismos y los demás de manera fresca y original, sino más bien desde la perspectiva de quien instituyó nuestra creencia. ¿Qué sucedería si lográramos mirarnos a nosotros mismos sin creencia alguna, es posible o estamos condenados a observarnos con los ojos de otros? Si somos capaces de mirarnos sin creencia alguna, sin ideas que no sean realmente nuestras, simple y sencillamente observarnos a nosotros mismos, en ese momento puede comenzar la comprensión de lo que verdaderamente somos. Daría inicio nuestra revolución interior.
Este asunto de la propia comprensión no es algo reservado para unos cuantos inteligentes o “iluminados” ya que por cierto, muchas personas que consideramos “cultas” e “instruidas”, son las que más creencias tienen, y que con frecuencia rayan en una especie de fanatismo que atrapa. En la medida en que el espíritu se hace más reflexivo y se decide a explorar y descubrir su interior, se va liberando de creencias que son como la hierba que no permite encontrar algo valioso que se ha extraviado. Este acto reflexivo es una liberación de las ataduras que impone una creencia que nos atrapa y aísla de los demás.
Autoritarismo
La imposición de nuestras creencias a los demás es una manifestación del poder que sentimos otorga nuestra “verdad”, y por ello insistimos en que tal persona adopte nuestra manera de pensar, se “convierta” a nuestra fe, o milite en nuestro partido político. Esto significa que queremos sea igual a nosotros. Esta imposición ha dividido a familias y a pueblos enteros, desencadenando una violenta espiral que es ampliamente justificada por ambos bandos: Los que creen y los que no. ¿Podemos captar el miedo disfrazado de creencia, que hay en todo esto?
En las creencias podemos observar también las conveniencias mediante las cuales se consiguen “estatus”, relaciones sociales, dinero, poder, “brillo” y toda una serie de cosas que nos deslumbran y anhelamos. Estas creencias se ligan íntimamente a nuestros intereses materiales, y son las que sustentan a ciertos movimientos “cristianos”, que por su elitismo son particularmente atractivos. Ir al mismo lugar al que asisten personas que percibimos superiores y que dicen creer lo mismo que nosotros, proporciona ventajas a quien necesita de reconocimiento social y con ello, posibles ventajas económicas. La conveniencia es una razón para creer.
El espíritu que aspire a la paz interior, pero no entendida ésta como quietud o pasividad sino como una tremenda energía transformadora, no puede estar atado a creencia alguna, no necesita de falsas autoridades, de seguridades ni tampoco muletas para caminar por la vida. Aparece aquí la necesidad de sentirse seguro que nos lleva a levantar los muros de la creencia, que son los que paradójicamente atrapan e impiden que salgamos a disfrutar del mundo.
Inseguridad
¿Podemos liberarnos de la inseguridad, porqué deseamos seguridad? ¿De dónde proviene el temor? La seguridad interior no existe como tal (y probablemente tampoco exista la exterior), pues esta fantasía es el resultado del tiempo. Queremos seguridad ante los pensamientos y recuerdos que nos atormentan desde un pasado, al cual le damos una gran intensidad presente. De manera similar, deseamos seguridad para nuestros planes futuros, queremos que todo sea tal y como lo anhelamos. Necesitamos seguridad para ahuyentar los fantasmas del futuro. Toda esta inseguridad radica en la concepción y manejo de eso que llamamos el tiempo. Esos fantasmas desaparecen cuando iluminamos nuestra vida con la realidad del presente, con la contundencia del aquí y del ahora, instante a instante, eternamente en el presente.
Pero las creencias ofrecen este falso sentimiento de seguridad y de protección contra el pasado y el futuro, al grado que hemos creado un Dios infantil e inmaduro que nos cuida noche y día, que está pendiente de nosotros a cada instante. Ahí proyectamos las inseguridades de nuestra infancia en la relación con nuestros padres. Este tipo de creencias basadas en infantiles deseos de seguridad, promueven rituales que son observables no solamente en ciertas religiones, sino también en agrupaciones sociales, partidos políticos, etc. Como ejemplo, observemos una asamblea de determinado partido y encontraremos un culto a la seguridad al través de “futuristas planes de trabajo”, que ilusoriamente ofrecen poder, control, siendo esto una clara manifestación de miedo. Todo ello, se da en el marco de las creencias hacia determinada ideología.
Otro punto importante es la manera como conocemos y lo que en general entendemos por conocimiento, que también se encuentra atrapado por las creencias. Basta con observar cómo admiramos y casi veneramos a un “erudito”, que recita como loro “conocimientos”, datos, los que obviamente extrae de sus creencias. Hasta es probable que nos sintamos empequeñecidos frente a tanta “sabiduría”, y a lo mejor, nuestra inmadurez e inseguridad nos lleve a imitarlos, seguirlos y hasta obedecerles, a ellos y a sus creencias. Es así como quedamos atrapados.
Sin embargo, el conocimiento de fondo y liberador sólo puede obtenerse a partir de lo nuevo, de lo desconocido que habita en nosotros ya que de lo contrario, será repetición y no descubrimiento. Pero, ¿Cuál es nuestra reacción habitual ante lo nuevo?; de inmediato desconfiamos y comparamos con lo viejo, con lo pasado. En nuestra búsqueda de seguridad y por nuestro miedo tenemos que establecer patrones de comparación con lo conocido, con lo previamente establecido, es decir, con las creencias. Estamos atrapados por las creencias y por el conocimiento pasado y antiguo.
Liberación
Retornando a la pregunta central: ¿Puede nuestra mente liberarse de las creencias? La posibilidad surge al través de la comprensión de las causas por las que nos aferramos a ellas. Por ejemplo, el deseo de seguridad, las conveniencias sociales y económicas, la simulación, , el miedo, el poder, la promesa de la vida eterna, de un cielo, etc. Al comprender la dinámica de las creencias, es posible entender el fanatismo rabioso que no puede aceptar ni un milímetro de apertura y flexibilidad, bajo el argumento de que no lo permiten precisamente las creencias. La comprensión de la necesidad de creer ayuda a entender por qué nos sentimos atrapados.
Por el contrario, el espíritu libre y transformador ve en las creencias de cualquier tipo la posibilidad de un análisis y reflexión. Por ejemplo, depurando el verdadero conocimiento, liberándolo de las creencias dogmáticas, una persona religiosa podría profundizar en la esencia y en el sentido de su religión y vivirla con madurez, realidad y plenitud. La posibilidad de liberarnos de nuestras ataduras envueltas con el ropaje de las creencias, es afrontando con valentía el presente. Buscando lo nuevo que hay en cada instante, y de esa manera, con el conocimiento de nuestra realidad personal y social, emprender un proceso de transformación personal y colectiva.
(Disponible en Internet http://baquedano2.tripod.com)
baquedano@yahoo.comEsta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
http://www.poresto.net/content/view/10240/43/