jueves, 26 de junio de 2008
Por Gilberto Balam Pereira
Sin temor a la “marea roja”. Que no cunda el pánico
En estos días las declaraciones de funcionarios acerca de los efectos nocivos o no, de la “marea roja” nos tienen mareados y nos han conducido al prejuicio de consumir mariscos. No es justo, yo diría que es hasta condenable.
Se sabe que las asignaciones de responsabilidades en las dependencias obedecen a amiguismos, compadrazgos y hasta a nepotismo. De allí, que los funcionarios no sepan ni jota de los pseudoproyectos que mal manejan.
De por sí que Yucatán es uno de los últimos Estados del país que consumen pescado, apenas gramos per capita diarios en promedio anual. Entonces, este tipo de informaciones infundadas que proporcionan a la prensa son imperdonables. ¡Abusados mis compas del POR ESTO!, nuestro diario. Al grano. La actual “marea roja” que abate el litoral yucateco por estos días no es motivo de preocupación por el consumo de pescado y las cosas deben continuar su rutina. Es probable que escasee el producto y se eleve el precio pero no hay razón para dejar de comprar y consumir los productos del mar, acatando como se debe las reglas habituales de higiene e indispensables para este tipo de alimentos.
Como correctamente ha señalado el Dr. Batllori, el problema obedece a la presencia de una especie de alga (fitoplancton) altamente consumidora de oxígeno, lo que conduce a la inevitable asfixia de la fauna marina.
En ello coincide el Dr. Valdés Lozano, investigador del CINVESTAV, quien agrega que ni para los bañistas de mar representa el fenómeno problemas de alergias.
De modo que habiéndose esclarecido que no debe haber prejuicio para comer pescado, no hay justificación para que los comerciantes vean bajas sus ventas del producto desde el momento que surgió la novedad de la “marea”. Y también los pescadores vean abatidas sus entregas a los comerciantes por la misma razón.
No es la primera vez que se presenta ante nosotros este tipo de desastre y no recordamos ninguna defunción atribuida a los pescados supuestamente infestados (debemos decir asfixiados).
La última “marea roja” que padecimos hace pocos años, sobre todo los que pasamos largas temporadas de residencia en la costa de Progreso, sí representó una verdadera calamidad por la acumulación de los productos marinos de desecho en la playa, de modo que la pestilencia era insoportable, simplemente asfixiante, como si fuéramos a padecer lo mismo que los peces; el mal olor alcanza larga distancia tierra adentro, lo que nos obliga a regresar de inmediato a nuestra queridísima Mérida ruidosa, intransitable por el caos vehicular, tropicalísima por sus elevadas temperaturas mayores a los 40 grados.
Lo sentimos por esos temporadistas de julio que están haciendo sus mochilas para pasar las vacaciones campantemente en el puerto. Mala suerte.
No dudemos que a pesar de lo triste del panorama no faltará población que vaya a achocarse para los tragos y el relajo que acostumbran festejar allí por esas fechas. Pero en fin, al César lo que es del César y adiós que te vaya bien.
Aprovechando la oportunidad de expresarnos, que nos brinda nuestro querido diario POR ESTO!, no quiero dejar de señalar otro problema marino que nos atañe a los que somos adictos a los productos del mar.
La sobreexplotación de las especies es propiciada por las empresas intermediarias de los productos, y que por lo general se destinan al extranjero dejando sólo el xix para el consumo doméstico (¿no es cierto Karim Mena?) ha sido uno de los factores principales para la extinción de algunas especies como el caracol blanco, el cual ya no se halla en el litoral yucateco. Si tú, lector, comes caracol blanco, sabrás que éste no es de Yucatán, sino de Campeche, Estado que no aplica veda ni reglamento de regulación para ninguna especie, por lo que a la brevedad también se extinguirán allí.
En Yucatán están amenazadas otras especies como el caracol rosado, el pulpo, la langosta, el mero, la cherna y otras. Las vedas son absolutamente chafosas, corruptas y engañosas. Nadie respeta las vedas. Lo triste del caso es que quien paga los platos rotos siempre son los pescadores. Que se sepa, no se multa a los comerciantes (porque tienen “mordida” los inspectores). ¿Y qué me dicen de los consumidores, que sabiendo (¿?) que hay veda, demandan productos prohibidos? De allí la necesidad de hacer conciencia ecológica entre los consumidores. Pero éstos son tercos y les vale madre los daños al medio ambiente. Tan, tan.
http://www.poresto.net/content/view/20866/60/