La marea roja y la responsabilidad
jueves, 26 de junio de 2008
Por Ricardo Andrade Jardí
Y mientras veíamos las imágenes, que ya recorren el mundo, del cobarde “dandy” francés mientras sube apresurado las escaleras de su avión, demostrando su “gallardía” política y su “valiente compromiso contra el terrorismo; por estas costas del Mayab todo el mundo vocifera señales de alarma por la presencia de la marea roja; exigen privilegios pero nadie se hace responsable de la afectación ambiental que se repetirá, una y otra vez, cada vez con mayor frecuencia y mayor capacidad destructiva, pues no hemos querido hacer caso a los urgentes llamados a cambiar nuestras mentalidades con relación a nuestra responsabilidad ambiental.
La marea roja no es un fenómeno natural sino social, consecuencia de nuestra ignorancia y prepotencia frente a la naturaleza, la cual siempre generará mecanismos de defensa, la marea roja no es pues más que una purga del mar contra toda la mierda que día a día arrojamos en él. “El sector turístico está en riesgo”, gritan los empresarios hoteleros, al tiempo que “exigen apoyo” económico y del gobierno, por supuesto, pero nadie les hace saber del grado de responsabilidad que tienen en la afectación, de la que hoy intentan sacar provecho y entre esas mismas voces están las que intentan (y lo lograrán) echar para abajo el plan de reordenamiento urbano del puerto, el que efectivamente puede y debe ser mejorado, pero si lo que queremos evitar es la sistemática aparición de mareas rojas, no le conviene al Estado y particularmente a la costa yucateca ceder al chantaje empresarial y privado, pues de hacerlo la devastación de nuestro ecosistema que si bien ya está en condiciones muy precarias de subsistencia, sin un ordenamiento ambientalmente responsable se le causarán daños a corto y mediano plazo irreversibles, lo que hará de ciudades, como Progreso, geografías decadentes y ambientalmente inhabitables, lo que no sólo afectara al “sector turístico”, sino a cientos de miles de familias que hasta hoy sobreviven de la pesca, algunas como tradiciones ancestrales en ese oficio.
Digno hubiera sido escuchar al “biólogo” de la Secretaría de Ecología hablar, ante esta contingencia ambiental, de la necesidad de reglamentar el uso de fosfatos de uso cotidiano, por ejemplo, y de la manipulación adecuada de los residuos de aceites y otras substancias altamente contaminantes que terminan arrojadas al mar por una inadecuada educación ambiental y la falta de un adecuado ordenamiento jurídico que finque responsabilidades penales a particulares y empresarios por el uso y desecho de una gran cantidad de esas substancias toxicas, que en gran medida favorecen, no sólo en México o Yucatán, sino en el mundo, la presencia de la marea roja. Pero la “dignidad” es algo que se pierde al parecer cuando se pasa, de ser un ciudadano “ambientalmente responsable” y “preocupado de generar una cultura de ecología profunda”, a ser el vocero oficial de la “política ambiental” de un sistema fincado en la impunidad empresarial y el populismo electoral. El resultado es escuchar a un “polibiólogo” que cree que ha dejado de ser ciudadano de tercera, para dar el paso a la “fase superior” de la irredenta clase política de cuarta, de la que no tendríamos que esperar más que el demagógico ofrecimiento de otorgar, de aquí a la elección intermedia, los apoyos económicos que se le exijan, sin sentarse a analizar la realidad presente que anuncia un futuro ambientalmente terrible, del que somos todos responsables, y el que no podemos ni debemos seguir ignorando y menos aún ceder al los chantajes de ningún sector empresarial o particular, preocupado únicamente por su ganancia y no por la de un equilibrio socialmente justo y ambientalmente sustentable para el Estado y las generaciones futuras.
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