miércoles, 26 de marzo de 2008
Roldán Peniche BarreraYucatán Insólito
¡Qué barbaridad! Un infeliz equino de esos que transportan tierra en la ciudad tirando de una carretilla, se desplomó agobiado por el hambre y el cansancio allá por el Circuito Colonias.No hay un nombre propiamente dicho para llamar a estos humildes vendedores de tierra. La Academia no acepta el vocablo tierrero y en cuando al de “terrero”, significa muchas cosas menos el de vendedor de tierra. Vemos a estos comerciantes, sucios y desgreñados, por todos los rincones de la ciudad, proponiendo su mercancía. La utilizan quienes cultivan un jardín, un patio o una quinta, y el precio de cada saquillo es relativamente económico. Desde que tenemos uso de razón hemos visto a estos “tierreros” (como les dice la prensa) siempre en su oficio, montados en su carreta, conduciendo a un equino que se cae de flaco, no sólo con las riendas, sino aún con el cintarazo y la mentada de madre cada cinco minutos. Hará una semana, uno de estos jamelgos rodó por el suelo agobiado de hambre y de fatiga. Lo informó POR ESTO! en su entrega del 15 de marzo del corriente. ¡Pobre bestezuela de Dios! Dice la nota que “los propietarios de la carreta y del caballo, al ver que el animal cayó al suelo le pegaron en varias ocasiones con una soga”.Y hubieran acabado con el pobre bruto de no ser porque unos agentes del orden público conminaron a los “tierreros” a dejar de golpear al animal. (En la fotografía observamos lo esmirriado del caballo, quizás más flaco que el mismo Rocinante. Primero está tirado en el piso; luego, con muchos trabajos, lo han incorporado)Los quisquillosos británicos Tabor Frost y Channing Arnold escriben en un libro en 1906 que los yucatecos somos crueles con los animales. Sin embargo, sus ejemplos de nuestra crueldad se limitan a lo que observaron en sus andanzas por el campo y por la costa. Asientan que los perros de los campesinos no son sino hueso y pellejo y que da lástima el mirarlos siempre hambrientos. En la costa observaron a un joven pescador maldiciendo a un pescado que acababa de atrapar.En realidad, el yucateco citadino de nuestro tiempo consiente sobremanera a sus mascotas (los pets en Yanquilandia) y usted lo verá paseándose muy temprano con sus perros favoritos por las calles de la ciudad. Lo mismo puede decirse de los gatos, a los que se consienten en demasía y que, como en las fábulas de Samaniego, son capaces de robarnos nuestro almuerzo de la misma cocina.Pero volvamos al caballito que se desplomó en el Circuito Colonias. Ya son muchos los casos parecidos. Los carretilleros campesinos siempre han tratado del cocol a sus nobles animales. Hoy son los “tierreros”. Ayer fueron los lecheros y los carboneros. Anteayer los aguadores (en tiempos de don Olegario) y los cocheros de las calesas del siglo XIX. Ojalá la Sociedad Protectora de Animales tome cartas en el asunto.La opinión sobre el Obispo Ruiz Solórzano, del Dr. NavarreteEl Dr. Luis Alberto Navarrete Ruiz del Hoyo, viejo amigo y asiduo lector de nuestra sección nos envía su propia opinión (o versión) acerca del vicio de fumar del Arzobispo Fernando Ruiz Solórzano, tema que tratamos aquí hace algunas semanas. Nos explica el médico que cuando alguien increpó a don Fernando por su excesivo apego al cigarro, éste contestó:“Perdono al cigarro por el mal que me ha hecho, a cambio del placer que me ha dado”.Gracias, doctor, por su interesante opinión.
http://www.poresto.net/content/view/7394/43/