Descender de la montaña es más profundo que escalarla.
Escalarla es llevar carga vasta: ego enorme, terquedad probablemente heredada.
El que asciende está convencido que alcanzar la cima significa algo.
Sólo el atento alpinista, un metro antes de llegar a la cumbre, da la vuelta y se marcha, para bajarla, decisión sin gloria, acción más humana.
Bajar la montaña es la calma.
Y es el final del trayecto.
Entrada en el agua. Entrada en la muerte. Desaparición extraña.
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Cuando se acaban caminos, aparece un pensamiento. Y ese pensamiento que aparece en la mente cuando acaban caminos, fíjate bien, es un pensamiento distinto a los pensamientos habituales. ¿Es una conclusión? Sí, y no. Es una conclusión pero es algo más. ¿Es una melancolía? Puede que sí, puede que no. Y es que el pensamiento que aparece (y es uno solo) cuando los caminos se acaban, cuando el trayecto se ha cumplido, es uno, uno solo, y tiene una campana particular: el pensamiento del que se va, de aquel que ha terminado caminos, y los deja detrás, es un pensamiento trenzado con agua ocular, humedad de despedida, mejilla viva, pensamiento que desea enraizar en canción, momento justo en que la mente quiere volver a su claridad emoción. Y es uno de los momentos cumbre de la vida, el momento en que el intelecto se vuelve sensación. Cuando eso ocurre es que uno sabe que no hemos sido el primero en vivir esto o aquello, sino que ha habido miles, millones detrás, y toda la energía acumulada durante la evolución ahora junta lo aparentemente más distante. La lucidez y la sensibilidad. Y por eso cuando los caminos se acaban, uno baja la mirada al suelo, y da una última mirada atrás, para prepararse para un instante de unión con tus propias manos, y tus pies personales, y este cuerpo y esta mente, unidos todos por un misterio. Un misterio que jamás será resuelto. Cada vida, un enigma. Cada paso, sacro.
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México es absurdo. Todo es absurdo. Podría explicar porqué digo esto, y todo mexicano sabe que es cierto, y no tiene caso, y si lees esto y eres un extranjero, seguro tu país también es absurdo, aunque dudo —salvo si eres sudamericano o ciudadano de cualquier otro país del tercer mundo público o del tercer mundo de clóset, como Estados Unidos— que tu país sea más profundamente absurdo que el mío. Absurdo, totalmente absurdo, es decir, triste, autoritario, idiota, disfuncional, ilógico. Absurdo, totalmente absurdo, qué desgracia, chingado, qué mierda. Da coraje, da rabia, da risa, qué absurdo. Y es que este país es una prueba que los dioses nos imponen, los dioses más antiguos, los únicos dioses a los que les podemos importar nosotros. Y la prueba consiste en querer salir del absurdo. No poder resistirlo. Espero que venga la lluvia. Borre la memoria de todos estos días.
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