miércoles, 09 de abril de 2008
Por: Georgina Rosado Rosado
La globalización como proceso contradictorio tiende a homogenizar a ciertos grupos sociales y a destruir identidades tradicionales ya sea étnicas o de género, pero paradójicamente y en contraposición promueve nuevas identidades que responden a las realidades dinámicas y cambiantes.
Así, no es casualidad que los estudios nos indiquen que la población que se identifica con lo maya tiende a decrecer y a envejecer, o que ser mulato o asiático no forme parte de nuestra identidad a pesar de la evidencia en los rasgos fenotipos que portamos. Tampoco es extraño que surjan nuevos grupos urbanos de carácter internacional como los emos, darketos, skatos, otakus y punks con los que se identifican plenamente los y las jóvenes de nuestra región.
Más allá del miedo o nostalgia que nos despierta la pérdida de expresiones culturales o de conductas que resultaban legítimas en los modelos culturales de ayer. Del asombro de descubrir que los jóvenes de las comunidades del interior del estado en vez de practicar la jarana se reúnen en la plaza junto a una grabadora stereo para realizar un duelo de capoeira o de “break dance”. Concientes de la importancia de proteger y promover no sólo expresiones artísticas propias, sino valores y conocimientos positivos e importantes para nuestro entorno. Es importante también comprender, antes de descalificar o prejuzgar, el porqué los jóvenes encuentran en estas nuevas identidades un sentido a sus propias vidas y definiciones sociales.
No olvidemos que las expresiones culturales históricas que tanto valoramos; la vestimenta, el idioma maya, el baile de jarana, la comida, los juegos, etc., se crearon y mantuvieron en un habitad sociocultural determinado; comunidades con un territorio propio, actividades productivas específicas, autoridades autónomas y demás. Y si esta realidad por diversas causas está siendo destruida día a día y en contraposición están surgiendo otras ligadas a las migraciones (internas y externas), al crecimiento de las ciudades, y a las nuevas formas de comunicación como el Internet. No tendríamos porqué asombrarnos por la aparición entre los jóvenes de identidades diferentes a las tradicionales ligadas a esta nueva realidad.
Identidades que quizás responden también a la necesidad de los jóvenes de ser reconocidos y aceptado dentro de una sociedad con doble moral, que aplaude y promueve nuestro folklor e identidad étnica histórica pero que en la cotidianidad resulta racista, clasista, sexista y discrimina, violenta y margina a los que no forman parte de su clase social o grupo. Por ejemplo, cuántas familias yucatecas de la llamada clase alta obligan a sus trabajadoras domésticas a dejar su indumentaria tradicional para uniformarlas al estilo de telenovela mexicana. Y cuántas burlas y bromas se han inventado contra los que teniendo como lengua materna el maya, al hablar el español utilizan fonemas y estructuras lingüísticas diferentes. Muy diferente del caso de un extranjero ya sea francés o inglés que intenta hablar el español y sus errores lingüísticos o de pronunciación son considerados una muestra de superioridad.
Qué esperamos entonces de las nuevas generaciones de los grupos de trabajadores(as), que ante el hecho de que sus padres abandonaron sus indumentarias tradicionales y hasta les prohibieron a sus hijos hablar el maya para evitarles la pena de ser discriminados en las escuelas o en el mercado laboral. Opten por dos alternativas o tratar de copiar los estilos de consumo que imponen los medios de comunicación, inaccesibles para su pobre economía conformándose con copias baratas de mercado o construir e idear sus propias indumentarias y símbolos de identidad, que incluso terminan siendo copiadas por las clases altas.
Por ejemplo, cuando jóvenes de determinados grupos populares empezaron a utilizar sus pantalones de mezclilla hasta desgastarlos y romperlos, como una forma de protestar ante una sociedad de consumo, mercantilista y deshumanizada, grupos empresariales optaron por producirlos para las clases altas que terminaron comprándolos ya desgastados y rotos en las tiendas de moda. Es decir los jóvenes de estos grupos, sin proponérselo, en ocasiones dictan la moda, que después la sociedad mercantil convierte en artículos de consumo para las clases medias y altas y que posteriormente es retomada por otros grupos populares menos creativos y propositivos.
Ahora bien, a pesar del uso mercantil de las indumentarias de los grupos urbanos, sus orígenes paradójicamente son una respuesta diferencial ante un mundo que tiende a deshumanizar y convertir en objeto de consumo (cosificar) a las personas, que según nuevas ideologías de derecha son posibles de promover y vender al igual que una coca cola. Así, por ejemplo el término emo apócope de emotional hardcore o emo-core, surgió como un género musical a finales de los años ochenta que se caracterizaba por abordar varias emociones y estados de ánimo. Las bandas emo originales evitaban hacer música comercial, ya que para ellos la música “artificial” o “envasada” era incompatible con la expresión de emociones genuinas. Esta ideología implicó que los conciertos y discos de sus bandas tuvieran precios más bajos en comparación de otros grupos musicales y a que sus seguidores trataran de evitar en un principio los artículos de merchandising musical, como camisetas u otros productos para ganar dinero.
Por otra parte, estas nuevas identidades urbanas, algunas contestatarias y críticas de la sociedad, surgen también como una manera de romper con identidades estigmatizadas que la sociedad clasista y racista construye para identificar a los grupos sociales no hegemónicos. Así, palabras como chaca, uiro, naco, “x” son hoy por hoy parte de la otredad negativa sobre la que se construye la identidad de los grupos hegemónicos. Es decir, el estigma social con que algunos marcan sus diferencias con los grupos socioeconómicos de trabajadores con fenotipos y consumos diferentes a los suyos, la forma disfrazada pero igual de agresiva y destructiva del racismo y el clasismo de la sociedad actual, que de tan común vemos como “natural” y permitimos y hasta fomentamos en nuestros hijos e hijas. Entonces, ante la lejanía en los espacios urbanos de las identidades tradicionales, surgen entre los grupos populares nuevas identidades de carácter internacional como una opción para marcar su autonomía y deslindarse de las identidades estigmatizadas y que a diferencia de estas prestigian e incluso causan respeto y en algunos casos temor.
Por supuesto, es preocupante el nivel de violencia que algunos de estos grupos pudieran desarrollar como respuesta a la violencia social que a su vez sufren. Violencia que actualmente es ajena a la mayoría de ellos, pero que ante la intolerancia e incomprensión pudiera desatarse en múltiples direcciones; de la sociedad hacia algún grupo o todos, de algún grupo hacia la sociedad o entre grupos diferentes. Lo que requiere de un tratamiento responsable que pase por la tolerancia, la comprensión y el diálogo para conocer y reconocer las necesidades de los diferentes sectores y grupos de edad.
También es comprensible la preocupación de muchas personas, entre ellas la que escribe, de apoyar los valores y expresiones culturales de origen maya o mestizo. Sin embargo, es importante reconocer que las etnias, sus identidades y las culturas que portan no son piezas de museos que existen para nuestra recreación o folklor sino grupos culturales vivos y por lo tanto dinámicos y cambiantes que requieren para mantener sus identidades, condiciones objetivas de subsistencia. Y con esto no sólo me refiero a la satisfacción de sus necesidades primarias, sino también condiciones económicas y culturales que les permitan aspirar a un mayor estatus y reconocimiento dentro de la estructura social actual.
http://www.poresto.net/content/view/9366/60/