Esta selección muestra por qué su autora es considerada una de las voces más sobresalientes y originales de la actual poesía colombiana.
9-Agosto-08
Zelda Sayre
Como no vendrás a la cena de mis muertos,
ni sabrás para quién cavo esta tumba,
pongo desde ya
bajo tu lengua,
la hostia viva de mis alucinaciones.
Cada quien tomó su camino,
de izquierda a derecha
el más profundo.
Cada quien siguió atado
a la cinta mortal de su locura.
Escribe para que no vuelvan,
que yo comeré y beberé, como Alicia,
el rojo resplandor de la fiesta,
mientras el mundo termina de cerrarse
sobre mí.
No te asombre
si nuestras palabras
no son las de antes,
si nuestro destino, tal como se construye,
nos golpea el rostro y nos hiere
y nos deja completamente ciegos.
¿Qué hacer cuando ellos nos empujan?
Esa legión de ángeles ebrios,
terribles como el rostro
que se refleja por última vez.
No tardes.
Ya nadie nos espera.
(De Las hijas del espino)
Reinvento la noche,
reinvento su halo definitivo
sobre las cosas,
su constante oscilación entre los nombres,
su devenir de lámpara.
Reinvento cada una de sus señales,
el círculo que describe en la raíz del sueño,
la página que nos presenta
para trazar el puente interminable
de las horas.
Reinvento la noche,
y con ella,
la grafía inconclusa de los cuerpos.
(De Noche líquida)
Qué
A qué secreto del alba
me entrego.
A qué mundo,
a qué memoria,
a qué olvido.
Sólo el tiempo
dirá la última palabra,
vertiginoso Señor de los días
al que fueron confiadas mi vida
y las rosas.
(De Fuegos nocturno)
Circe
Es la sombra
lo que retengo
la belleza de alejarse
cada vez más
el infortunio de haber visto
muchas islas
muchos mares
como a través
de un espejo roto
la muerte que representas
el número de animales muertos
que representas
negro polvo que tus pies
han traído
hasta mi casa.
(De Las hijas del espino)
XXX
Avanzo entre la escarcha. Del suelo crecen agujas, las aparto. El camino cada vez más difícil. La vegetación bien puede aplazar el momento de crearse a sí misma. Aprendo entonces de las arañas. Sujetarse al propio vértigo entre las puntas de mercurio.
Una mujer rompe el paisaje.
Desde la ventana hace ondear un viento rojo, ella misma salta, ella misma envuelve la visión como tela que han de zurcir las agujas. Huyo para que no me alcance su atmósfera, segura de que al cruzar uno solo de sus puentes estaré siempre de vuelta.
(De Maiastra)
Con María Clemencia Sánchez y Andrea Cote, Lucía Estrada reinvindica la poesía colombiana, de acuerdo con el crítico Santiago Espinosa. Estrada nació en Medellín en 1980 y es autora de los libros Fuegos nocturnos (1997), Noche líquida (2000), Maiastra (2004) y Las hijas del espino, que dan origen a la antología El ojo de Circe (2008). La poesía de Estrada —dice Espinosa— está “escrita desde el misterio que nos recuerda el valor ceremonial de la palabra”.
Lucía Estrada
http://www.milenio.com/suplementos/laberinto/nota.asp?id=649781