Amar a un árabe
El director y guionista toca, con más rigor que cualquier académico o periodista, el fenómeno del conflicto palestino israelí. No podría ser de otra forma. Esto no es una crónica. Es una película de amor.
9-Agosto-08
Lo que hace de Solos contra el mundo una de las mejores películas que he visto en los últimos meses es que, además de estar excelentemente actuada y fotografiada, además de tener una puesta en escena excepcional, con imágenes que resultan inolvidable homenaje a la vida cotidiana, tiene un guión tan redondo que parecería sencillo escribir diálogos y escenas con semejante naturalidad.
Su narrativa trasciende el fenómeno estético, estamos aquí ante un documento histórico que trae a presencia, eso que los científicos sociales se rompen la cabeza por describir; ese fenómeno que antropólogos y sociólogos buscan aprehender y que apenas han podido nombrar, hace poco, en un intento por seguir pensando. Estoy hablando de la “noción de frontera”.
Frontera entre deseo y realidad; frontera entre amor y odio. Frontera entre sexos y genitales, entre penetrar y ser penetrado, entre invadir y ser invadido, porque, cuando dos que de verdad se quieren se tienden solos sobre la cama para tocarse, ¿quién es el invasor y quién es el invadido? La resolución del conflicto es clara —aunque tal vez imposible—: un judío y un palestino se han enamorado. ¿Quién sabe por qué? El amor es un misterio que ni siquiera al arte le toca saber.
El verdadero protagonista de esta película es la frontera entre Israel y Palestina, entre una y otra forma de acceder a los mismos recuerdos de infancia en un mismo territorio. Frontera entre un país moderno y un país tradicional, entre el centro y la periferia. Entre el poder y la sumisión que en amor se resuelve con la entrega de dos amantes que saben dejar fuera del balcón guerras, bombas y cumbres políticas.
El director y guionista toca, con más rigor que cualquier académico o periodista, el fenómeno del conflicto palestino israelí. No podría ser de otra forma. Esto no es una crónica. Es una película de amor.
En el estudio de la narrativa mucho se habla de lo que significa “conflicto”, eso que mantiene al espectador al borde del asiento y nos hace identificarnos con los protagonistas porque, a diferencia de un problema, un conflicto implica una decisión ética, una decisión que, una vez tomada, ha de cambiar por completo el curso de nuestra historia. La vida nuestra, más que de problemas, está hecha de conflictos. He aquí la gracia del arte: presentar conflictos en la pantalla para que aprendamos con ellos sin padecer. Eso que hoy se vive en esa frontera en la que textualmente mana sangre es un conflicto. Hay heridas que no sanan en ambos lados, hay razones y verdad en ambos lados. Hay amor en ambos lados. Y es justo aquí que el realizador se muestra como un artista de honestidad excepcional. Y aunque la palabra “honesto” aplicada al arte resulte sospechosa, es de agradecer que el director tenga el valor de poner en la mesa de juego, como si fuera uno de esos magos que leen el tarot, todas las cartas de esta tragedia humana.
Solos contra el mundo (Buah Ha). Dirección: Eytan Fox. Guión: Eytan Fox, Gal Uchovsky. Fotografía: Yaron Scharf. Música: Ivri Lider. Con: Ohad Knoller, Yousef Joe Sweid, Daniella Wirtzer, Alon Freidmann, Zohar Liba. Israel, 2006
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